viernes, 28 de agosto de 2015

Franco no creó la Seguridad Social

Uno de los bulos más difundidos cuando se trata de exaltar dictadores es el de que Franco creó la Seguridad Social. Se trata de lo que puede llamarse un bulo parcial: la frase no es que sea exactamente mentira (ciertamente la Ley de Bases de la Seguridad Social, que contenía la primera configuración moderna de este sistema, entró en vigor en 1967) pero ignora todo un contexto sin el cual la afirmación pierde sentido y se convierte en una falsedad.

La Seguridad Social es un sistema de previsión pensado para contingencias de la vida que, deseadas o no (maternidad, vejez, lesiones, enfermedades) impiden que el sujeto trabaje, le provocan un aumento de gastos o ambas cosas. Se trata de un sistema público, tanto por el origen de los ingresos como por la gestión. Y, sobre todo, ha ido evolucionando: la dictadura franquista sólo fue un paso más. Trazaremos brevemente su historia. Como suele pasar, para desmontar los bulos no se necesita una fuente mucho mejor que Wikipedia. Si queréis algo más fiable id a cualquier manual de Derecho de la Seguridad Social. En este enlace del Ministerio de Empleo y Seguridad Social tenéis los hitos principales.

Antes de la aparición de la Seguridad Social la única prestación que daba el Estado liberal era la puramente asistencial para los indigentes, que tenía una finalidad más de control y de policía que de otra cosa y que frecuentemente se dejaba en manos privadas. Posteriormente, la lucha obrera empieza a conseguir que el Estado patrocine seguros privados, luego que los haga obligatorios y finalmente que eche esa carga sobre sus espaldas, creando un sistema coherente. El primer sistema de Seguridad Social es el llamado modelo Bismark, que cubría sólo a obreros fabriles en las peores situaciones económicas: era un sistema contributivo, porque se basaba en las aportaciones de empresarios y obreros. La idea de un sistema no contributivo, financiado por impuestos y que no dependiera de cuánto se hubiera cotizado, no aparece hasta medio siglo después.

Y en España, como siempre, a por uvas, con décadas de retraso.

En nuestro país el régimen de asistencia social duró todo el siglo XIX, literalmente: es en 1900 cuando se aprueba la Ley de Accidentes de Trabajo, que define este concepto, declara la responsabilidad civil objetiva de las empresas por esta clase de daños y fomenta los seguros. En 1908, Antonio Maura crea el Instituto de Previsión Social, la primera institución pública que tratará de fomentar esos seguros que, recordemos, aún eran privados. En 1919, once años después, aparece el primer seguro público y obligatorio: el Retiro Obrero, pensado para la jubilación. En 1923 aparece un subsidio de maternidad y, en 1929, un seguro obligatorio para esa contingencia. En definitiva, con Alfonso XIII ya había seguros públicos, aunque aún no constituían un sistema.

En 1931 se produce otro hito: la Constitución de la República incorpora el derecho al trabajo y a la previsión social, mencionando específicamente las contingencias de muerte (viudedad, orfandad), desempleo y enfermedad (artículo 46). Ese mismo año se hace obligatorio el seguro de accidentes para los trabajadores agrícolas y, al año siguiente, para los industriales. Más aún: se le encarga al Instituto Nacional de Previsión un proyecto para unificar, coordinar y extender todo el sistema, es decir, para crear una Seguridad Social propiamente dicha. En 1936 el anteproyecto ya había sido sometido a información pública y estaba dispuesto a ser enviado a las Cortes… pero no pudo ser.

La dictadura franquista continúa, claro, con este proceso. No como concesión graciosa o por bondad natural, sino porque era el signo de los tiempos, y lo será cada vez más según empiece a perfilarse la Guerra Fría. Los propios textos legislativos aprobados durante y después de la contienda civil recogen diversos derechos de Seguridad Social: el Fuero del Trabajo (1938) los menciona, y el Fuero de los Españoles (1945) los recoge como derechos. En cuanto a coberturas concretas, en 1942 aparece el Seguro Obligatorio de Enfermedad y en 1947 el de Vejez e Invalidez, en el que se refunden el Retiro Obrero y los diversos seguros de accidentes.

En 1960 empieza a ser evidente que el principal problema del sistema es lo caótico que es: distintos seguros, distintas entidades, la presencia de un sistema mutual, la ausencia de un texto legal común que defina conceptos e instituciones… es necesario unificar. Y se aprueba, por fin, la Ley de Bases de la Seguridad Social, que entra a funcionar en 1967. Desde ese año quedan extintos todos los seguros previos y aparece un único sistema de Seguridad Social. Es ése el único sentido que debe darse a la frase “Franco creó la Seguridad Social”: que refundió en un texto coherente los múltiples sistemas de previsión social que había antes. Ni siquiera lo logró completamente, pues siguió habiendo sistemas de cotización ajenos al sistema.

Y, por supuesto, el sistema de previsión social franquista no era perfecto. Era exclusivamente contributivo: los seguros alcanzaban sólo a obreros que habían cotizado y a sus familiares. Eso significaba, por ejemplo, que los parados tenían que pagarse ellos sus medicamentos, pues el seguro de enfermedad sólo beneficiaba a trabajadores. Además, la inversión era muy baja y, en consecuencia, las prestaciones eran de cuantía escasa. No era, desde luego, un buen sistema.

Es tras 1978 cuando aparece el verdadero Estado del Bienestar. La Constitución y los Pactos de La Moncloa conllevan un aumento de la financiación, una mejora en la gestión y un aumento en las prestaciones: el artículo 41 de la Carta Magna define el sistema de Seguridad Social como universal, es decir, orientado a todos los ciudadanos. Será en 1990 cuando por fin se desarrolle un nivel no contributivo, sufragado por impuestos y de acceso a toda persona que lo necesite, que incluye prestaciones tan importantes como la asistencia sanitaria.

Así pues, queda desmontado el bulo. Franco creó la Seguridad Social, cierto, pero eso simplemente significó unir en un solo sistema los distintos seguros obligatorios que ya había, muchos de los cuales (vejez, accidentes, maternidad) existían desde antes de 1936. También es importante destacar que no la creó por bondad o por magnificencia, como parecen creer quienes sostienen este bulo, sino porque tener un sistema coherente de previsión social era algo necesario para conseguir el desarrollo económico. Su sistema era insuficiente y malo, y además llegó 30 años tarde: si en 1936 no hubiera habido un golpe de Estado contra la República, la Seguridad Social habría empezado a existir ese año.

Por supuesto, este texto no habría sido necesario si no hubiera personas que emplearan esa labor social del Estado franquista para justificar su existencia, como si la creación de la Seguridad Social (y de las pagas extraordinarias, que también salen mucho a relucir en estos debates) perdonara cuarenta años de represión política y crímenes de Estado. Como si la continuación de una tarea legislativa que se estaba realizando (o estaba terminada) en los países de nuestro entorno fuera un inspirada idea de genio que permitiera absolver al general Franco de todos sus delitos.

Y no es así: eso no debemos olvidarlo nunca.



[ADDENDA 28/08/2015, 09:53 - Me entero de que han subido esta entrada a Menéame. Como se trata de un medio que me da asco sincero, puesto que considero que está lleno de trolls y de pesados, cierro los comentarios hasta nuevo aviso.]

[ADDENDA 28/08/2015, 23:44 - Comentarios abiertos.]


miércoles, 26 de agosto de 2015

¿Factores de riesgo? Sobre la probabilidad de sufrir violencia de género

Fue el otro día noticia que una guía sobre violencia de género producida por un think tank vinculado al PP (Mujeres en Igualdad) contenía afirmaciones llenas de victim blaming. La guía ha sido rápidamente retirada pero se puede encontrar con una búsqueda en Google, así que la he leído con la finalidad de poder opinar sobre ella con conocimiento de causa.

Una vez logras superar el pésimo diseño gráfico, la total ausencia de ilación y coherencia de los contenidos, el nulo didactismo y las faltas de ortografía (“Madame Bobary” en la página 13) lo que te encuentras no es, en realidad, una mala guía. Hay ciertos aspectos positivos, como mucha insistencia en los mitos del amor romántico (los celos, el amor todo lo puede, el príncipe azul…) o un apartado destinado a enseñar a las personas del entorno a detectar el maltrato, que son cosas que no he encontrado en otros sitios.

Y luego llegamos a la parte infame de los factores de riesgo. Ay los factores de riesgo. Que si la promiscuidad, que si la maternidad temprana, que si baja autoestima y dependencia emocional de la víctima, que si no hay perfil de agresor pero que suelen ser inmigrantes y pobres… Ay. Dos páginas enteras llenas de tópicos que desmontan todo lo que de bueno pudiera tener el resto de la guía.

El uso del concepto de “factores de riesgo” siempre me ha parecido problemático (1), porque me parece que no sirven tanto para predecir como para culpar. Me explico. Estoy convencido de que está establecida una sólida correlación estadística entre los factores “de riesgo” y la violencia de género. Es decir, seguro que si miras las estadísticas puedes encontrar que hay más prevalencia de violencia de género entre mujeres promiscuas o que presentan problemas emocionales. No me cabe ninguna duda.

Pero inferir de ahí que esos factores aumentan el riesgo de sufrir esa conducta supone un doble falseamiento:

     1.- Correlación no implica causalidad. Por ejemplo, los factores “problemas afectivos y emocionales de la víctima” y “violencia de género” tienden a presentarse juntos, pero ¿es el primero causa de que aumente la probabilidad del segundo o más bien una consecuencia de haber sufrido violencia? Cada caso es un mundo, por supuesto, pero dado que sabemos que los maltratadores aíslan, manipulan y hacen luz de gas a su víctima, si tuviera que apostar todo mi dinero a “causa” o a “consecuencia” yo sé muy bien lo que haría. O los factores relativos a alcoholismo y toxicomanías: aparecen junto con la violencia de género, cierto, pero ¿son su causa profunda o son un simple gatillo que dispara las agresiones concretas?

     Así que la primera crítica que se puede hacer a la idea de factores de riesgo es que la causalidad debe establecerse muy bien antes de abrir la boca (2), no sea que nos encontremos diciendo tonterías. Para afirmar que algo provoca que aumente el riesgo de que la víctima sufra violencia de género no basta con observar una correlación.

     2.- Implican una valoración moral de la víctima. Pongamos el caso de la promiscuidad. Supongamos que se ha establecido sólidamente que hay causalidad entre la promiscuidad y la posibilidad de sufrir violencia de género, es decir, que el hecho de que la mujer folle con un número de personas superior a un límite arbitrariamente decidido hace más probable que sufra estas agresiones que si follara con menos gente. ¿Qué se le está diciendo a la mujer con eso? Que si fuera menos puta no recibiría hostias. Que a ver, la violencia de género no es justificable nunca, jamás, claro, los agresores a la cárcel, PERO si vas provocando… En definitiva, victim blaming del bueno.

     Y el problema es que esa afirmación (“si follaras con menos gente te expondrías menos a sufrir violencia”) puede cumplir a la vez dos requisitos: 1) Ser totalmente cierta; 2) Ser absolutamente inútil. Es cierta porque, en nuestro ejemplo hipotético, hay una causalidad establecida: si sabemos que A provoca B, para reducir B deberemos reducir A. Y es completamente inútil porque pone el foco donde no tiene que estar (en la conducta de la víctima) en vez de donde corresponde (en el comportamiento del agresor), y no va a las causas últimas de la violencia de género.

    Es a esto a lo que me refiero cuando digo que los factores de riesgo suponen una valoración moral de la víctima. Se pasa de un hecho (“la promiscuidad de la mujer eleva el riesgo de que sufra violencia de género”) a un deber (“si no quieres sufrir violencia de género no seas promiscua”), cuando el hecho es que toda persona tiene derecho a hacer lo que quiera con su vida sexual siempre que respete el consentimiento de todas las personas implicadas. Y tiene derecho a no sufrir violencia por ello. Es decir, con estos “factores de riesgo” lo que se hace es imponerle a la víctima, so pretexto de su seguridad, una conducta restrictiva de sus derechos.


Apoya esta idea el hecho de que los factores de riesgo siempre se piensan desde la normalidad (2). Se asume como “normal” una cierta cantidad de parejas sexuales y se analiza si las mujeres que tienen más corren más riesgo de sufrir violencia. Pero también se hace con casi todos los demás indicadores: se asumen como normales un cierto estatus económico, una cierta situación administrativa (ser española de origen), una cierta capacidad psicológica y emocional, un cierto entorno familiar… y se mira qué sucede si nos apartamos de ellos.

Y claro, se encuentra –oh, sorpresa– que hay correlación entre la pobreza, la marginalidad y los escasos recursos emocionales y un aumento en la violencia. Inesperado, ¿eh? Pero esas conclusiones siguen siendo completamente inútiles, porque siguen sin ir a la causa del problema: un sistema social patriarcal que nos permea a todos, sea a los hombres de cualquier clase social, a las mujeres “normales” que se usan como punto de comparación o a las promiscuas, pobres y marginadas a las que se les dice que si no fueran todo eso no sufrirían lo que están sufriendo. Lo cual es mentira, claro, porque la causa subyacente no tiene nada que ver con el estatus, el entorno familiar o la nacionalidad. Violencia de género hay en todas partes.

Así que sí, la guía del PP me parece problemática y me alegro de que haya sido retirada. Pero el problema no es sólo de la guía, sino del propio concepto de “factores de riesgo”. A ver si dejamos de manejarlo y empezamos a asumir que, tristemente, el único factor de riesgo para sufrir violencia de género es ser mujer en una sociedad patriarcal.





(1) Tampoco me gusta que se abuse de la idea de que una consecuencia necesaria del maltrato es que la víctima acaba destrozada psicológicamente. Parece que insistir en esta visión de la mujer maltratada sirve para protegerla, pero tiene un efecto muy negativo: creer que hay una sola forma de reaccionar a esta clase de violencia (“síndrome de la mujer maltratada”) y afirmar, en consecuencia, que cualquier mujer que no responda a esas características se lo está inventando todo.

(2) Otro contexto donde se usa mucho la idea de factores de riesgo es en las guías para prevenir las ETS, donde aparecen las prácticas homosexuales masculinas como factor de riesgo, como si el VIH diferenciara.


jueves, 20 de agosto de 2015

La no monogamia como punto de llegada

Parece que la no monogamia está de moda. Si nos guiamos por los suplementos dominicales y las páginas de tendencias de los periódicos (que llegan a más gente de la que podemos imaginarnos en Twitter) todo ese rollo de liarse con varias personas está en expansión. Durante unos años lo vamos a tener, supongo, hasta en la sopa. Y a mí no me termina de gustar la idea. No por ninguna clase de hipsterismo o esnobismo (“¡a mí me gustaba el poliamor cuando tocaba en bares pequeños!”), sino porque lo veo una receta para el desastre.

Me explico. Para mí la no monogamia (dentro de la cual el llamado “poliamor” es sólo una de las muchas posibilidades) es un lugar de llegada. El punto de partida puede ser múltiple. En mi caso fue que el sistema monógamo nunca acabó de cuadrar del todo en mi cabeza pero lo aceptaba porque “así son las cosas”. Otras personas llegan a partir del activismo: empiezas a leer sobre feminismo y de repente te das cuenta de que la monogamia es una estructura creada por los hombres para mantener controlada la sexualidad femenina, un fruto más del patriarcado. Conozco a alguien que llegó cuando, estando en pareja, se enamoró de otra persona, decidió afrontar el problema con sinceridad y le salió bien. Y así sucesivamente.

Hay muchos caminos, pero todos tienen en común que un día algo hace “crac” en tu cabeza y descubres que, para ti al menos, la monogamia ya no vale, que quieres vivir relaciones sentimentales y/o sexuales con más de una persona a la vez desde el consenso y el respeto. Otras personas podrán seguir siendo monógamas: tú ya no. Para ti, que tu pareja te prohíba acostarte o enamorarte de otras personas pasa a tener tanto sentido como que te prohíba salir de copas con tus colegas, ir a jugar a los bolos o ver películas coreanas.

Pero, una vez producido el derrumbe, construir una forma nueva de amar no es nada fácil. Pasar de la exclusividad afectiva y sexual a la no exclusividad es duro, sobre todo si tienes a toda tu cultura, a toda tu educación, a todos tus modelos vitales y a todas tus formas de ocio y entretenimiento diciéndote que eso no se hace así. Requiere mucho trabajo, mucha introspección, mucho diálogo y grandes dosis de buena fe y de paciencia. No es algo que se pueda lograr en un día y la perfección no se alcanza jamás.

Y ahora pensemos en el modelo que nos venden desde los suplementos dominicales. Aparte de ser algo tremendamente normativo y afectado por el síndrome de una sola polla (fijaos en las fotos, por favor: normalmente la más grande y visible, cuando no la única, será un hombre con dos mujeres), es algo que se plantea como punto de partida. “¡Abre tu relación! ¡No tengas miedo!” Y me parece un consejo nefasto, porque es muy normal que abrir tu relación te dé un canguelo importante: te estás enfrentado a años de condicionamiento y todo tu entorno te grita que eso no está bien. ¿Cómo no vas a asustarte?

Creo que poner la no monogamia de moda es peligroso. Es un modelo sin referentes ni reglas culturales implícitas que nos indiquen qué es esperable, lo que quiere decir que necesita mucha más negociación y mucho más trabajo. Y, al igual que pasa con el BDSM y 50 sombras, lo que se está poniendo de moda es una versión adulterada y rebajada del poliamor, que exalta las ventajas y soslaya las dificultades (1). Me parece la receta perfecta para una cantidad importante de hostias emocionales, sobre todo si tenemos en cuenta que el modelo de amor romántico que hemos mamado desde bebés considera las negociaciones algo negativo que se ve superado cuando llega el Amor Verdadero, que lo puede todo. No sabemos negociar con nuestras parejas y amistades, y no podemos aprenderlo de un día para otro.

¿Estoy diciendo, entonces, que la no monogamia sea algo reservado a una elite de personas iluminadas por el sagrado corazón de Easton y Hardy? No, ni mucho menos. Creo que la no monogamia es un modelo social deseable, y para eso tiene que extenderse. Pero no adelantaremos nada si empezamos la casa por el tejado, es decir, si dejamos de ser monógamos sin cuestionar el sistema social que produce la monogamia. Porque si empezamos a andar desde el punto de llegada podríamos descubrir, a mitad de camino, que en realidad estamos retrocediendo.







(1) Esto en concreto también lo hacemos a veces los activistas del tema: hay que tenerle un ojo puesto a esta tendencia y corregirla con humildad.



lunes, 17 de agosto de 2015

El derecho a no testificar de la víctima de VG

En los juicios de violencia de género la declaración de la víctima es fundamental. Si la víctima no declara, si no testifica la brutal situación de la que ha sido objeto, a veces durante años, el fiscal no tiene nada con lo que trabajar. El contenido de la denuncia no cuenta como declaración: ésta tiene que producirse en sede judicial y dar la posibilidad de que el fiscal y los abogados hagan preguntas (lo que se llama “principio de contradicción”) porque si no la prueba no vale. Suele haber dos declaraciones: ante el juez instructor, que es el que investiga los hechos, y ante el juez de lo Penal, que es quien los juzga y donde se da el verdadero principio de contradicción.

La víctima de un delito, como todas las personas relacionadas con el caso salvo el acusado, declara como testigo. Los testigos tienen deber de veracidad: tienen que decir, por usar la conocida frase de las películas, “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”. Pero claro, nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal admite excepciones: no pueden ser obligados a declarar los incapacitados, el abogado del procesado, los sacerdotes y profesionales sobre cuestiones de secreto profesional… y los parientes cercanos del acusado, cónyuge incluido.

El artículo 416.1 LECrim, por tanto, permite que la mujer que ha denunciado violencia de género se acoja a su derecho a no declarar, impidiendo así de facto que se llegue a una condena. Dado que los juicios de violencia de género son para la víctima un calvario de victimización secundaria, resulta que éste es uno de los principales coladeros de maltratadores: la denunciante simplemente quiere que termine todo y alejarse del sistema de justicia. Además, la ley obliga al juez a informar a la víctima, antes de su declaración, de que tiene el derecho de no decir nada que perjudique a su cónyuge: el impacto psicológico de que justo en ese momento (cuando estás dispuesta a hablar ante un juez de las cosas horribles que te ha hecho tu pareja) te digan que tienes ese derecho puede ser muy grande y lastrar toda la declaración.

Este precepto está, qué duda cabe, anticuado. Viene de la redacción original de la LECrim (publicada en 1882), cuando no se pensaba en nada parecido a la violencia de género: su objetivo es impedir que las mujeres se vieran obligadas a declarar contra sus esposos, los hijos contra sus progenitores, etc. En otras palabras, se pone el valor de la familia por encima de la consecución de una sentencia justa.

Es por eso que últimamente he leído a juristas (como esta fiscal especializada en Violencia de Género) pedir que se elimine el artículo 416.1 LECrim, al que acertadamente considera “un obstáculo enorme” para castigar a los agresores. Sin embargo, a mí es una petición que no me gusta nada: creo que es un regalo envenenado que se hace a las víctimas, por mucho que se pida que vaya acompañada de otras medidas psicológicas y de asistencia social para que el paso de éstas por el poder judicial sea lo más liviano posible.

Me explico. Supongamos una mujer que acude a la comisaría y denuncia a su novio o marido, o que declara que éste le maltrata cuando acude la Policía a su domicilio. Se pone en marcha todo el sistema: hay una imputación, unas órdenes de alejamiento, más trámites… Entre tanto, van pasando los meses. Ella sufre el síndrome de Estocolmo y perdona a su agresor, o simplemente quiere alejarse y romper con todo. Con la regulación actual no pasa nada: llega el momento de declarar ante el juez y la mujer simplemente se acoge a su derecho. No testifica y el proceso termina con un archivo o una absolución.

¿Qué pasará si se sacan los delitos de violencia de género del ámbito del artículo 416.1 LECrim? Pues que esta misma mujer está ahora en una encrucijada, porque tiene que declarar sí o sí. Testificar la verdad le es complicadísimo, porque igual ya se ha reconciliado con el agresor: ¿cómo va a decir que le maltrataba? Pero si miente en su declaración, si dice que no hubo maltrato, puede acabar perfectamente imputada y condenada por un delito de denuncia falsa (¡le denunció y luego se retractó!)… y el marido tiene ese arma durante los cinco años que tarda en prescribir ese delito. Por no hablar de que mentir en un testimonio, aunque sea para favorecer al reo, es también delito.

¿De verdad queremos poner ahí a las víctimas de violencia de género? A mí me resulta muy duro. Entiendo a la fiscal del enlace de arriba: tiene que ser frustrante ver que tu trabajo se queda en nada una y otra vez. Pero la solución no creo que sea colocar a las mujeres en ese trance, que la verdad es que no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Además, creo que sería ineficaz para el objetivo que se persigue (más condenas): hacer el sistema judicial todavía más inhóspito para las mujeres que sufren violencia de género no puede ser buena idea si lo que queremos es que denuncien.

En conclusión, creo que abolir el derecho a no declarar del artículo 416.1 LECrim es peor que mantenerlo, por muy coladero que sea.




martes, 11 de agosto de 2015

MGTOW

El movimiento MGTOW me fascina. Se trata, para quien no lo conozca, de hombres que han decidido que las mujeres son el mal y que por tanto van a “seguir su propio camino” (going their own way), con la menor cantidad de sexo posible y centrándose en su carrera profesional y en su mejoramiento personal. O eso dicen.

No les quiero hacer demasiada publicidad: podéis encontrarlos en los comentarios de Menéame (esta semana se han hecho famosos porque se ha publicado un artículo riéndose de ellos), en el foro de Misandria o en otras zonas de Internet con olor a cerrado. Leer sus foros es entrar en un delirio cada vez más enrevesado, una pesadilla dickiana donde la realidad oculta un sistema hembrista que persigue a los pobres hombres. Como eso no se sostiene por ningún lado, por mucho que agites el espantajo de las denuncias falsas y el número de suicidios, pasan a inventarse una serie de conceptos supuestamente técnicos y científicos.

Detengámonos en esos conceptos. A veces los toman de la economía: hablan insistentemente de las relaciones entre géneros como una cuestión de "financiación" y de dinero, lo cual es terriblemente triste... y muestra lo que de verdad les importa de las custodias monoparentales y por qué exigen custodia compartida. Otros los sacan de esa pseudo-etología que emplean los "seductores científicos", clasificando a los hombre en alfas y betas. Y luego están directamente los que se inventan.

Quizás mi preferido, por todo lo que muestra, es el de “carrusel de pollas”. Al parecer es el carrusel en el que se pasan todas las mujeres hasta los 30 años. Las pollas son de malotes y de ciclados poligoneros porque al resto “los desprecian”. Cumplidos los 30, la mujer exige a un hombre que se case con ella y le pague la hipoteca y a los hijos (uno de esos hombres de verdad que ha despreciado antes) y además un puesto de funcionaria. Si ninguno quiere casarse con ella es porque son todos unos machistas. Y si consigue uno y le sale rana siempre le queda la omnipresente denuncia falsa, claro.

Demencial, ¿verdad? Creo que no hay otra palabra que lo describa. Para empezar, por esa concepción de que lo que tiene que hacer la mujer desde que tiene la primera regla es empezar a buscar un marido. Para seguir, la idea de que follar con muchos está mal si lo hace una mujer. No puede faltar la tipificación del autor del texto como un “nice guy” y la queja de que las tías sólo follan con macarras, como si le debieran algo a él o a cualquier otra persona. Y, para terminar, la calificación final de la mujer como una especie de homo economicus ultra-racional que según cumple los 30 años se pone a buscar un hombre al que extraer las rentas.

El texto, en definitiva, dice mucho. No tanto sobre cómo son las mujeres sino sobre cómo es el autor y quienes lo difunden, hablan usando esos conceptos o discuten en comentarios. La verdad es que visto de lejos da bastante penita. La frustración se huele al otro lado de la pantalla. Y no, no me voy a reír de que estén frustrados o de que necesiten follar más (creer que la cantidad de veces que tienes relaciones sexuales es un indicador de estatus es bastante machista), pero sí a decir que lo que no es de recibo es que conviertan su insatisfacción en odio.

En odio, sí. Los MGTOW no es que sean antifeministas (eso va de suyo): es que son anti-mujeres. Han llegado a la convicción de que las mujeres son una especie de lobas hambrientas de su dinero. Les echan la culpa de sus fracasos, sus incapacidades y sus malas decisiones (leí un comentario en Menéame que se quejaba de haber elegido universidad porque su novia estudiaba allí). Creen que el Estado es una máquina de transferir rentas a las malvadas mujeres y que las relaciones con éstas son una trampa. Y amenazan, que es lo más chanante de todo, con alejarse.

El problema es que la amenaza resulta ridícula. Los que escriben en esos foros están cargaditos de frustración. Visto lo que opinan de las mujeres, lo que creen que deberían hacer éstas y cómo entienden las relaciones entre géneros, es obvio que son maltratadores en potencia. Si me dan asco a mí, que no estoy en peligro de caer en sus garras, no quiero ni pensar lo aliviada que se sentiría cualquier mujer de saber que han decidido renunciar voluntariamente a acercarse. Si fuera verdad que se alejan, ¡que viva el movimiento MGTOW, joder!

Claro, la trampa es que no es verdad. Los foros y páginas MGTOW no son más que grupos donde tipos a los que la vida no les ha salido bien van a pegar cuatro gritos, a soltar barbaridades pseudointelectuales, a que sus colegas les rían las gracias y les palmeen la espalda y a lamentarse de lo malas que son las niñas. Se alejan, sí, pero sólo durante el rato que tardan en publicar tres comentarios. Luego vuelven, por desgracia para quienes les rodean (1).

Así que creo que la única forma de tratar con esto es… que sigan adelante. Ojalá los integrantes del movimiento MGTOW recibieran una paguita para dejar de trabajar, para pasarse todo el día en sus foros, recociéndose en su bilis y planificando. Y ojalá, cuando alcanzaran cierta masa crítica, un banco les diera un crédito en condiciones favorables para comprarse una isla y vivir en su añorada utopía masculina. Con un poco de suerte no se darían cuenta de que van a tener que lavarse sus propios calzoncillos hasta que no estuvieran allí.




[ADDENDA 26/08/2015, 23:15 - Por la cantidad de trolls que están apareciendo imagino que esta entrada se ha difundido por Misandria o por alguno de los demás foros de victimistas. Así que comentarios cerrados hasta nuevo aviso.]



(1) Iba a decir “para las mujeres que les rodean”, pero no creo yo que tanta bilis salpique sólo a las mujeres.

lunes, 3 de agosto de 2015

Prueba de mérito

Todo depende del esfuerzo individual. Eso se sabe. Y yo estoy de acuerdo. Por eso creo que quienes opinan igual que yo (que son, lógicamente, los triunfadores de la meritocracia en la que vivimos) deberían tener la oportunidad de demostrarlo. Quiero decir: es muy fácil ser bilingüe o trilingüe, haberte hecho un año de Erasmus, tener un MBA por una universidad estadounidense y abrir una empresa a los 27 si tus progenitores te lo han ido pagando todo, ¿no? Podría haber envidiosos que pensaran que lo que tienes es porque has partido de una posición mejor que el resto y no porque te hayas esforzado. No, es necesaria una prueba mejor, que demuestre que el éxito no tiene nada que ver con ser un hombre rico, heterosexual, de piel blanca y sin discapacidades.

Por eso, para después de la revolución, propongo el sistema Cicerón de selección de élites. “Cicerón” son las siglas de “selección de los mejores a través de la superación sucesiva de dificultades en un periodo anual” en malayo, pero no lo sabéis porque no habéis dedicado años y euros a aprenderlo, como yo. Si es que no os esforzáis.

Los participantes en el programa Cicerón, que no serán voluntarios (nunca sabes cuándo la vida te va a pedir una prueba) serán arrojados a un barrio de la periferia de cualquier ciudad grande, o a una ciudad dormitorio. Se trata de esos barrios que salen en Callejeros, con basura en la calle, suelos sucios, familias desestructuradas, peleas en las calles y gentes de otros colores que no visten uniforme doméstico. Los distritos serán seleccionados específicamente para el programa.

A cada participante se le asignará una casa en uno de esos barrios, en la que ya entrarán debiendo dos meses de alquiler. La casa no tendrá contratados los servicios básicos y tendrá como únicos electrodomésticos una lavadora y una nevera que estará vacía. Los participantes no llevarán más ropa que una camisa o camiseta, unos vaqueros y unas deportivas. No podrán llevar más de 100 € y se les confiscarán todos sus aparatos electrónicos, teléfono móvil incluido. Tendrán prohibido contactar con su familia, sus amigos y sus contactos, la mayoría de los cuales de todas formas serán también participantes del programa.

En esos barrios se habrá reproducido durante el tiempo del experimento una sociedad meritocrática total. Eso significa que la sanidad se ofrecerá a precio de mercado, que no habrá transporte público y que nadie tendrá la oportunidad de acceder a ninguna ayuda o subvención. Por supuesto las condiciones para acceder a crédito bancario serán las que marque el mercado. El objetivo es que quien quiera algo trabaje y se esfuerce, sin pretender vivir de los demás.

Por desgracia este sistema no garantiza una igualdad de partida perfecta. Los participantes siguen teniendo una buena educación universitaria y un capital cultural innegable. Para cancelar este efecto, durante el tiempo que dure el programa, los barrios que participen estarán habitados mayoritariamente por personas inmigrantes, que hablen idiomas que los participantes no conozcan y que tengan sus propios códigos culturales. Será a esas personas a las que los participantes deban pedir trabajo, ayuda o favores. Las academias de idiomas serán, por supuesto, privadas.

Durante el tiempo que dure el programa las leyes laborales quedarán en suspenso. El despido será libre y sin indemnización, y la jornada y el salario estarán sometidos al libre pacto del empresario y el trabajador. No existirá el derecho a la huelga. Los participantes podrán pedir trabajo en toda la ciudad: si un residente en Villa de Vallecas elige libremente trabajar en un call center de la carretera de Alcobendas se le debe permitir, siempre que pague el transporte hasta allá.

Habrá más leyes que queden suspendidas durante el programa. Por ejemplo, será legal que los participantes vendan partes de su cuerpo o que se presenten a ensayos clínicos que no cumplan ningún estándar de prevención del riesgo, siempre bajo su propia responsabilidad. Sin embargo, las leyes que castigan la protesta política que se sale de los estrechos límites marcados por la autoridad seguirán en vigor: libertad, sí, pero dentro de un orden.

La primera formulación del programa sólo incluye la simulación de una situación de partida de deprivación económica (el Comité de Neolengua rechaza usar la palabra “pobreza”), pero sucesivas versiones han alertado de que aun dentro de dicha situación hay personas diferentes en función de su género, orientación sexual, capacidad, situación administrativa, etc. El objetivo del programa es incluir todos estos casos: aún no se han logrado fórmulas efectivas para llevarlo a cabo, pero algo sí se ha adelantado. En esta versión un 10% de los participantes podrán ser expulsados del país en cualquier momento y a un 5% se le partirá una pierna antes de empezar.

El objetivo del programa es, no lo olvidemos, seleccionar élites para que trabajen en altos cargos. Así que debe tener un objetivo: el precio para salir del programa son 10.000 €, que deberán obtenerse en un año. Los que no lo consigan serán ejecutados al final del programa: puede parecer algo cruel, pero si lo miramos con racionalidad y lógica económica y no nos dejamos cegar por ideologías, vemos que es evidentemente la mejor solución. El programa no puede mantenerse durante más de un año, y las personas que no lo superen ya han demostrado que no saben esforzarse, es decir, que son una carga para el dinero de los demás. Así las cosas, lo mejor es que mueran.

Pero los participantes no deben preocuparse. Estamos seguros de que ellos, verdaderos triunfadores de la meritocracia en la que vivimos, sabrán superar con facilidad esta pequeña prueba y demostrarán que, sin duda alguna, son los mejores.