jueves, 5 de diciembre de 2013

Imagínate

Mi entrada de hoy no es más que un pálido desarrollo de esto. Conviene escuchar la canción original antes de leer mi texto.


Imagínate, mi hijo, imagínate.

Imagínate que no sientes vergüenza.
                                     
Que puedes hacer invitaciones.

Que puedes aceptar invitaciones.

Que puedes salir de comida, o de cena.

Que tus zapatos aguantan.

Que andas porque quieres.

Que la idea de un imprevisto no te pone malo.

Que mides lo caro en decenas de euros, no en euros. O en céntimos.

Que puedes prever tus gastos.

Que 300, 1.000 y 30.000 € te parecen cantidades diferentes.

Que no te sientes menos.

Que cuando hablas de dinero con privilegiados no te sube la bilis.

Que “no quiero nada” significa “no quiero nada”.

Que si te quejas nadie te dice "todos tenemos problemas", "trabaja" o "envidioso".

Que puedes no pensar en dinero durante un día entero.

Que nadie te llama parásito.

Que no piensas “tú qué coño sabrás” cuando un político, un empresario o un obispo hablan de pobreza.

Imagínate, mi hijo, que lees esto y no lo entiendes.


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