viernes, 25 de mayo de 2012

Los antivacunas y el dilema del prisionero

El dilema del prisionero es, probablemente, el más conocido de todos los problemas de teoría de juegos. Dice así:

Supongamos que la Policía atrapa a dos delincuentes, A y B. Les tiene en celdas separadas, y a cada uno se le dice lo siguiente: Tenemos pruebas contra vosotros por posesión ilícita de armas (2 años), y sospechamos que ambos robasteis el banco aunque no tenemos pruebas (10 años). Si tu cómplice te delata, te llevas la pena de 10 años; si no lo hace, sólo la de 2. Si tú delatas, tu pena, sea cual sea, se reduce a la mitad. Se le está proponiendo este mismo trato a tu cómplice.

Cada delincuente tiene aquí dos estrategias: cooperar (con su compañero, es decir, no delatarle) y no cooperar (con su compañero, es decir, delatarle). Ello da lugar a la siguiente matriz de pagos:


A

Coopera
No coopera

B

Coopera

Posibilidad 1

A: 2 años
B: 2 años

Posibilidad 2

A: 1 año
B: 10 años
No coopera

Posibilidad 3

A: 10 años
B: 1 año

Posibilidad 4

A: 5 años
B: 5 años

La estrategia óptima desde la perspectiva del grupo es “cooperar / cooperar”, pero los jugadores no lo ven así. El equilibrio del juego está en “no cooperar / no cooperar”, porque es el conjunto de estrategias que, si fuera conocido por todos los jugadores, no llevaría a ninguno a cambiar la suya propia. Es decir, si A sabe que B va a cooperar, él no cooperará para tratar de llegar a la Posibilidad 2 (que le beneficia más que la 1); si A sabe que B no va a cooperar, él tampoco cooperará, para tratar de evitar la Posibilidad 3 (que es la que más le perjudica). Como B razona igual, ambos acabarán en la posibilidad 4.

Este juego tiene una aplicación práctica para explicar el dilema de la acción colectiva. En las acciones colectivas la aportación de cada persona es ínfima, los costes son privados y los beneficios son públicos. Me explico: en una manifestación contra los recortes en educación, la participación de cada manifestante es escasa (porque hay muchos). Las mejoras en educación que se consigan son un beneficio público que además no es seguro; los costes de asistir a la manifestación los paga cada manifestante.

En esa situación, existe una fuerte tendencia a decir: “buah, si mi sola presencia no va a conseguir nada, si el beneficio no es seguro, si cuando se consiga yo lo voy a disfrutar igual y si tengo que perder la tarde para ir a la manifestación, me quedo en casa”. A esto se le conoce como lógica del free rider y puede ser expresada mediante un dilema del prisionero, donde A es el free rider y la Sociedad es el resto de miembros del grupo:




SOCIEDAD

Coopera
No coopera

A

Coopera

Posibilidad 1

A: B - C
S: B - C

Posibilidad 2

A: -C
S: 0
No coopera

Posibilidad 3

A: B
S: B - C

Posibilidad 4

A: 0
S: 0

Si A coopera con la sociedad, se dará la Posibilidad 1. Sin embargo, A prefiere buscar la Posibilidad 3, en la cual recibe el beneficio sin asumir el coste. Y, sobre todo, lo que pretende evitar es asumir los costes de ir a la manifestación y que allí no haya nadie (o no haya suficiente gente para cambiar las cosas) y caer en la Posibilidad 2. Si todo el mundo razona así, nadie participaría y estaríamos en el caso de la Posibilidad 4.

Este modelo no puede explicar con éxito por qué la gente participa en actos de protesta política, ya que se supone que todos esos actos deberían acabar en la Posibilidad 4. La respuesta obvia parece ser que los seres humanos no somos racionales o que encontramos ciertos beneficios en el propio acto de protestar, pero ello nos lleva demasiado lejos.

Se puede sostener que la moda antivacunas funciona según el modelo que acabamos de describir. El beneficio público, B, es la inmunidad de grupo derivada de las vacunas. El coste privado, C, es el supuesto peligro de autismo y otros males sin cuento. Lógicamente, B y C dependen de la percepción de los actores: si la gente no percibe que haya peligro en vacunar, deberíamos quitar C de la ecuación y entender (como así ha sido durante décadas) que todo el mundo vacunará.

Sin embargo, si los antivacunas logran expandir las ideas de que B está asegurado (porque la inmunidad de grupo no tendría nada que ver con las vacunas sino con esos factores de alimentación e higiene que tanto les gusta mencionar en los debates sobre el tema) y de que C existe (lo que es falso: no hay un coste en forma de riesgo general para los vacunados), la gente empezará a razonar según el dilema del prisionero. Todos buscarán asegurarse la Posición 3: dejar de asumir el supuesto coste pero mantener el beneficio. Mientras los antivacunas sigan siendo pocos, esta posición se mantendrá, porque B seguirá existiendo. Pero si los antivacunas convencen a buena parte de la población de sus tesis, nos deslizaremos hacia la Posibilidad 4: nadie asumirá ese supuesto coste de vacunar, cierto, pero la inmunidad de grupo desaparecerá.

Por eso es tan importante atajar las tesis de los antivacunas: no por lo que pueden hacerle a la inmunidad de grupo, sino por lo que pueden hacerle a las mentes de las personas.



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